Si dijera solamente que su nombre es Cristián nadie entendería demasiado. Tampoco si agregara que de apellido es González. Tal vez lo hago para señalar que el protagonista del relato es de carne y hueso. Sin lugar a dudas, real. Que ríe, llora, sufre y aspira a la felicidad. Y que ha delinquido. Es decir: que ha infringido la ley (en una sociedad abrumadoramente justa como la nuestra, el que viola las leyes, paga; más aún si lleva el nombre Cristián González en la partida de nacimiento; o Juan Pérez o Roberto Álvarez). La ley obliga a Cristián a hacerse cargo de su/s acto/s: lo destina a un instituto de régimen cerrado o, barriendo cualquier tentativo eufemismo, cárcel de menores.
Cristián tiene seis ingresos ya, la voz de la Vicedirectora del SANMA queda flotando en el ambiente como una nube de humo. No tanto por el color de su voz, más bien por lo que ella expresa en forma de palabras. Seis entradas. Se siente cómodo acá, añade esa misma voz.
El taller comienza, Cristián resiste. De manera audaz, confrontativa, caudillesca. ¿Quién dijo que los caudillos argentinos desaparecieron con el siglo XIX? En verdad, esa descripción correspondería a su máscara. No a sus tripas. Sus tripas en estado de ebullición puro nos alertan y guían hacia el otro Cristián, o al mismo (compelido a fabricar una cara para el exterior, un ungüento, mecanismo de defensa y protección que resulta una soga que apenas sostiene un cuerpo en caída libre), aunque menos visible, trabajosamente corrido a un lado, pero de ninguna manera sepultado.
Me animaría a afirmar que si en medio del taller Cristián se parara sobre una de las mesas de la biblioteca, se inclinara ante nosotros, y nos ofreciera su cabeza (con sus contradicciones a cuestas), rechazaríamos de plano la propuesta, comprendiendo que nuestros caminos se han cruzado y que ninguno puede renunciar a ser lo que es (ni él ni nosotros) mas si lo que será.
Si no fueras vos, ¿qué serías, qué harías?, pregunta Gustavo para la clase. La mayoría de los chicos enumeran ciertos lugares que se repiten: deportista, millonario, etc. Cristián se compromete de lleno con la consigna. Su modus operandi es calcado taller tras taller: oposición-negociación-involucramiento. En esta última etapa se desnuda ante a sus compañeros. Exhibe su dolor, sus sueños, sus temores. Sus tripas fluyen correntosamente. No sería tan maldito con los demás, ayudaría a la gente pobre. Gustavo interviene y dispara la reflexión: ¿es necesario que seas otro para lograr esas cosas? Cristián dice no con la cabeza y permanece con las ideas arremolinando en su cerebro.
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ResponderBorrarTan envueltos y encasillados en un rol que han decidido adoptar -por simple elección, fácil pretexto o necesidad- para ser luego eternamente estigmados y señalados por la sociedad; dudan de si mismos ante la posibilidad de que aún quepan en ellos buenas y humanas acciones, principios y valores. Parecen no existir segundas oportunidades y, aunque se presentaren delante de sus ojos, no las creerían ciertas. Y no sólo porque dudarían de que realmente ofrecieran algún tipo de cambio, sino que también les es más fácil no tomar responsabilidades para -al menos, intentar- alcanzar ese cambio. Nadie cree en ellos, ni ellos mismos, y así es más fácil (para todos) -
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