17 de febrero de 2011

                                                                                    1                                                        
                                                      
Cuando el mundo lo mira siente cierta repulsión interior, inseguridades que me frenan, me amarran, retienen, sus pasos a seguir examinados, con lupa ejemplar, extrema, que todo lo ve y todo lo juzga, mis pasos en falso criticados (con la feroz vara del que no hace ni deja hacer), y un presente deambulando entre un pasado inmodificable, definitivamente clausurado, y un futuro ininteligible, que no asoma la cara.

A veces ese mismo mundo me escruta con el rabillo del ojo, apenas con el rabillo, aunque solo eso baste para que su andar caiga preso frente a esa vigilancia eterna, vigilancia del afuera que se empeña en ingresar en los más profundos rincones de seres indefensos, minúsculos, avasallados. Sus ojos no permanecen inocentes, se unen, se fusionan, se amalgaman con otros ojos; y es ese Gran Ojo entonces, resultado absoluto de aquellas combinaciones, que persigue a quien quiere a donde sea que vaya, aún en el caso de que decida ir a ningún lugar.

Sus cavilaciones se deshilachan poco a poco, pierden fuerza, atrapadas en encrucijadas sin escapatoria, en dilemas paralizantes. La frenada del colectivo devolviéndolo al mundo real, toca el timbre y se pierde en las calles de la ciudad.

Camino sin prisa, sin rumbo definido, tratando de localizar un lugarcito donde el aire huela un tanto más a aire y no a aquello a lo que se ha acostumbrado a oler. Y si tal asunto lo destina a la categoría de tipo exigente, ¿qué?

Hojeo libros, comparo precios, eso si lo entretiene, puedo pasar horas compenetrado en títulos, prólogos, novedades, clásicos, en fin, se decide por un tomo de cuentos para luego continuar con su rutina. Antes, compro un cuaderno en blanco que viene a reemplazar a otro exactamente igual salvo por estar escrito hasta en los márgenes. Esa mañana sus pensamientos han pedido ser depositados en algún sitio, y el cuaderno de tapas verdes, una vez más convirtiéndose en mi aliado, prestándole sus hojas para oxigenar de momento su cerebro.

Llego a mi casa ya caída la noche, la luna posada detrás de las ramas de un árbol, la cuadra más encendida que de costumbre, quizás una gota de esa luz entra en mi cuerpo y mi vida da un vuelco, quizás, si los astros se alinean.

La película arranca, él recostado en el sillón, quitando el corcho de la botella de vino, la primera copa vaciándose en su estómago, la segunda, la tercera, el timbre y su melodía lo hipnotizan durante unos segundos.

Releo la nota, pienso, barajo posibilidades, trato de descifrar algún mensaje oculto, abandono el intento, regreso al living, observo la letra, doblo el papel, lo coloco sobre la mesa, al lado del control remoto, vuelvo a este último, a la pantalla, a la escena del tren, me imagino allí, alejándome de la ciudad, de ella, de todos.

La pregunta aparecida en el papel es simple en apariencia, no porque la interrogación: ¿SOS FELIZ?, así, en letras mayúsculas, sea realmente banal, todo lo contrario, más bien porque admite acaso solo dos contestaciones posibles: si, soy feliz; no, no lo soy; tal vez una tercera, en la que la duda gana terreno, y en ese caso: no lo se, o nunca me formulé tal cuestión, parecería suficiente. Aunque si bien esas palabras colocadas entre aquellos signos reúnen una complejidad infinita, aún resulta mayor hazaña decidirse por una de las respuestas clasificadas anteriormente.

Imagina entonces la siguiente situación: camina por la calle cuando un hombre frena su paso y le arroja en la cara, sin anestesia, la misma pregunta de la nota. Entre aturdido y descolocado, atino a pronunciar un ¿perdón? pero al instante reacciono y devuelvo la pelota del otro lado del campo con un si, ¿por? El hecho no concluye allí, el hombre cruza la calle, como si no hubiese existido diálogo alguno, y él, envalentonado por la huida de su contrincante grita de vereda a vereda: ¿a usted que carajo le importa mi felicidad?, si le digo que soy un pobre diablo, ¿va a solucionar mis problemas?

Se sirve otra copa de vino mientras saborea el gusto del triunfo, efímero, escurridizo, ya que al terminar de llenarla la victoria se transforma en derrota, acechado por sus demonios interiores. Tomo ahora el cuaderno-anotador y escribo a modo de título “LOS DEMONIOS INTERIORES Y YO”, cerrándolo luego para reconcentrarse en el análisis previo.

Sus pensamientos tienden a ser así: desordenados, en superficie inconexos, ligados por pasillos laberínticos, por vasos comunicantes apenas visibles. Vuelvo a la cuestión verdadera, a la respuesta: NO, NO SOY FELIZ, en mayúsculas también, sentencia que ha intentado ser sorteada, gambeteada, afirmación que se repite semana a semana, mes a mes, año tras año, y nada, las horas pasan y la angustia cada vez es mayor, la angustia, el vacío, la certeza de su inutilidad, sobre todo esto último. Es como si alguien hubiese estado espiando mi vida, cada momento, sus miserias, sus debilidades, mis fobias, mis obsesiones, concluyendo lo mismo que él: EXISTENCIA SIN SENTIDO. Por ello es posible que esas tres palabras sean una definición perfecta de su vida; ¡que sentimiento de impotencia me surge al reconocer que mi vida puede ser expresada en tres palabras!, o quizás en otras tres: SOY UNA MIERDA (¿qué necesidad hay de escarbar en las entrañas de un pobre tipo, de revolver en los sinsabores de una vida insípida? Que él se repita aquella pregunta, condenándose a profundidades subterráneas, vaya y pase, pero que no respeten mi derecho a la intimidad, su derecho (aunque le cueste aceptarlo) a ser un infeliz…).



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¿Te consuela creer que el mundo conspira en tu contra?; ¿te hace sentir más liviano, te quita peso de encima?, te convierte en víctima, ¿disfrutas de es papel, no? Lo que no llegas a comprender es que se ingresa a ese lugar casi sin percatarse uno de haber cruzado la raya, mas salir implica otro tipo de esfuerzo. Acaso no estás preparado para ese desafío, acaso nunca lo estés, tal vez tu vida no sea más que eso, refugiarse en universos vacíos, insulsos, leves. Tu voz repitiendo siempre las mismas historias, ya te cansaste de esa misma voz, lo se, aunque (hastiado hasta la manija) seguís ocupando el mismo rincón, porque cansarse y seguir con el verso es lo mismo que nada, o peor, es como un río que te arrastra a la desesperación. Te volviste un tipo huraño, escapás de la gente, inventás enemigos que apenas registran tu existencia, ¡frená con tanto rollo!, tenés el foco roto, mandalo a arreglar, carajo. Salí de esa cueva intrascendente, fumigá esos bichos que merodean en tu sopa, equilibrá energías y a rodar, que la muerte pide la cuenta fuera de horario. Me das pena viejo, no se que hacer para que te levantes y andes, si tuviese ese poder, no, no esperes ayudas extraordinarias, no esquives el bulto, me exaspera tu pasividad, tu desgano, hasta los que te rodean maldicen el día en que se cruzaron en tu camino.

11 de febrero de 2011

Los invisibles

La historia que vengo a contar no puede ser atribuida a mi estrecha imaginación, aunque probablemente sea atinado buscar su origen en las profundidades de una mente inquieta, mejor dicho, comprometida. De nada sirve anticipar que el hombre en cuestión, Don Roberto Pombo, va a terminar encerrado para siempre; sin embargo, mi capricho y la conciencia de que ahora soy yo quien se encarga de presentar los hechos, me permite administrar con arbitrariedad el orden de los mismos.

Podría empezar diciendo que el señor Pombo no tenía esposa, hijos, ni nada que se pudiera parecer a una familia. No tenía fortuna, ni fama; su vida transcurría como si todos los días fueran meras repeticiones de los anteriores. Es acaso aquí mismo cuando el lector, casi bostezando y con una mueca de fastidio en su cara, decide arrojar estas líneas a la basura o simplemente devolverlas a alguna biblioteca de mala muerte; mas, si continuase hurgando dentro del relato, descubrirá que esa existencia monótona, desteñida, se verá alterada por un suceso extraño, de esos que suelen marcar los destinos personales.

Corría el invierno de aquel año (no se sabe exactamente la fecha, algunos hablan de 18…, otros de 18…), teniendo Pombo cuarenta y cinco años de edad. Cuentan que una mañana de frío que congelaba huesos y articulaciones, el personaje en cuestión salió de su casa, ubicada en los suburbios de la ciudad, y montando a caballo comenzó a recorrer cada rincón del pueblo. Visitaba cada estancia, intercambiaba parlamentos con los peones; eso si, nada de conversar con los propietarios de las tierras. De a poco fue dejando atrás amplias extensiones de campos, caminos interminables, rutas semi desiertas. Cierto es que días enteros fueron destinados a semejantes trayectos. Según algunos testimonios, prácticamente no dormía, y en aquella ocasión dedicada al descanso, el caballo continuaba galopando con su dueño a cuestas, como si este le hubiese indicado de antemano el plan a ejecutar.

Salteando una serie de detalles insignificantes que decoran de manera empalagosa las andanzas de Pombo, cabe decir que a lo largo de dos meses de idas y venidas, de diálogos amistosos con mates de por medio, de horas consumidas bajo un viento crudo, desafiante, fue gestándose algo impensado poco tiempo atrás. Los peones del pueblo, aglutinados bajo la figura de Roberto Pombo, habían acordado terminar con años de injusticia y, como todo levantamiento popular necesita de una consigna fuerte para triunfar, “Con libertad no ofendo ni temo” resultó ser el grito emancipador de los campesinos.

Desde aquel día en que había marchado de su vivienda, Pombo perseguía un solo objetivo: convertirse en un bandido social. Y aquello no guardaba relación con el prestigio que pudiese otorgar tal mote, sino, fundamentalmente, con el bienestar de su gente. Es aquí donde la historia parece tornarse un tanto confusa, teniendo en cuenta la vida que llevaba Pombo antes de erigirse en líder de pueblo.

Repasemos a grandes rasgos el tema: Pombo nace en una familia acomodada; su madre ha heredado grandes hectáreas de tierra de su abuelo; su padre se encarga de la administración de los bienes familiares; los peones y las sirvientas hacen el resto. A sus veinticinco años su madre fallece de una enfermedad misteriosa; dos años más tarde su padre sufre un paro cardíaco; con 27 años Pombo (hijo único) está solo en el mundo con la responsabilidad de controlar la marcha de la hacienda. En un rapto de cólera o, más bien, de indiferencia, vende sus campos a precios regalados, quedándose solamente con una pequeña parcela que va a significar su único sustento en los años venideros.

Un lector apresurado aplaudiría la conducta de Pombo, quien al vender sus tierras seguramente cambia dolores de cabeza, disgustos y ese tipo de cosas, por un futuro sin grandes contratiempos, sin demasiados sobresaltos, feliz, diría. La verdad es la siguiente: Pombo se embarca en una vida de alcohol, juego y mujeres; permanece en la ciudad más tiempo que en su propia casa, y en aquellas relampagueantes vueltas a su lugar de origen, se encierra en su choza (es el nombre que se ajusta con mayor naturalidad al deterioro de su hogar). Así transcurren sus días hasta que una noche un acontecimiento singular (cuya comprensión está fuera del alcance de mentes escépticas o científicas) parece producirse en su hogar.

Pombo, recostado sobre unos papeles de diario, borracho y dormitando con la boca abierta; una fuerza casi sobrenatural que lo rodea, lo hace poner de pie, lo rescata de ese estado; y aquel gaucho del que Pombo oía hablar cuando niño, ese mismo que era llamado el padre de los pobres, ese mismo que había puesto su pellejo en la defensa de su patria, allí a su lado, con el poncho intacto y la barba floreciente, encargándole una misión, cediéndole la posta. No se conocen con exactitud las palabras del caudillo salteño; lo que si puede suponerse es que fueron lo suficientemente efectivas como para despertar a Pombo y su conciencia, colocándolos al frente de una cruzada plebeya.

Pombo organiza a su gente, siendo el reclamo principal del grupo una distribución más equitativa de las tierras. Los terratenientes de la zona, observando con recelo las actividades desarrolladas por el incipiente jefe, convocan de urgencia a una reunión a la que asisten los hombres más influyentes del lugar. Lo grandioso es que el movimiento popular formado, esencialmente, por gauchos, mulatos e indios, comienza a romper las barreras geográficas, conteniendo en su seno a diferentes pueblos situados en los márgenes de la ciudad. Pero más extraordinario aún resulta el hecho de que todos, sin excepción alguna, reconocen el liderazgo de Roberto Pombo, su representación y su carisma. Y aunque nadie duda de la legitimidad de sus reivindicaciones (al menos entre las clases humildes, claro está), la persona de Pombo necesita ser enterrada en vida. Porque a partir del momento en que decide defender los intereses de los menos aventajados, su sentencia es ineludible. Y la historia, simple fábula consensuada, aparece otra vez como patrimonio exclusivo de aquellos que son los dueños de todo lo demás.

El relato comienza a desandar entonces el desenlace anticipado en un principio. Los miembros del gobierno de la ciudad intentan sobornar a Pombo, prometiéndole garantías, empleos y cuanto quisiere, a cambio de que él y sus seguidores abandonasen sus insolentes reclamos. Pero Pombo no puede defraudar a su gente, por lo tanto, las cartas del mazo ya han sido repartidas.
Mientras el líder y los suyos inician una larga marcha en la cual ocupan tierras pertenecientes a sus patrones, estos delinean la manera de sacarse de encima a aquel personaje molesto. Porque cortando la cabeza de la hidra, todo debía retornar a la normalidad.

Los terratenientes le hacen llegar a Pombo lo decidido en las últimas horas: ellos accederán a ceder algunas de sus posesiones, siempre y cuando aquel se presentara a negociar los términos del arreglo. Don Roberto, al enterarse de las novedades, toma su caballo y se dirige hacia la ciudad. Antes de esto discute apasionadamente con un tal Don Manuel, (colaborador incondicional de Pombo), pues resuelve ir al encuentro de aquello hombres sin escolta alguna (a pesar de las advertencias de su ladero).

Alrededor de una mesa rectangular, Pombo dialoga con sus enemigos. Escucha con atención, habla lo necesario, con pausas entre frase y frase; se reclina en el asiento, relojea sus caras, las examina. Sabe que lo desprecian, que aborrecen a los tipos como él; y lo odian por una simple razón: por ser la voz de esa masa ignorante, por darles alas, por hacerlos sentir con derecho a un poco de dignidad. Y aunque conoce sus pensamientos, Pombo incurre en un grave error: cree que no se atreverán a borrarlo del mapa. Definitivamente, no acierta en sus cálculos. Definitivamente, aquellos hombres (distinguidos, bien trajeados, iluminados), se encargarán de encerrarlo, de ultrajarlo, de humillarlo. Y lo que es peor aún, ni siquiera tendrán las agallas para liquidarlo; ya que los años pasarán y Pombo seguirá preso dentro de esa pequeña celda, solo saliendo de ella el día de su muerte. Pero la historia divulgada por las autoridades de la ciudad es otra: Pombo, luego de entrar en razones, decide viajar al extranjero, dejando una carta a sus seguidores en donde les indica que es preferible, por el momento, pacificar la situación. Y es así como, una vez más, las reivindicaciones de los más postergados quedan de lado, disponiendo los poderosos de las herramientas para imponer sus verdades, manipulando la realidad.

8 de febrero de 2011

Fragmentos

Recuerdo que aparecí casi de la nada en ese cuarto. Mi memoria confusa, invadida por imágenes borrosas, indefinidas, por sonidos indeterminados, ajenos. Mis sienes con martillazos de cada lado. Mis pensamientos escurridizos, inaccesibles, amurallados. La oscuridad del lugar sin infundir temor. Quizás incertidumbre, desconcierto, pero no temor.
Mi cuerpo yaciendo de espaldas, con una especie de almohadón sosteniendo mi cabeza. Atinando a ponerme de pie pero no consiguiéndolo en el primer intento. Tampoco en el segundo ni el tercero. Una debilidad extrema parecía haberse apoderado de mis huesos. Llevando una de mis manos a mi frente, luego de evaluar la posibilidad de estar hirviendo de fiebre. Descartando esa conjetura al instante, ahora sí parándome con esfuerzo, concentrándome en mis piernas para no perder el equilibrio.

Caminé unos pasos, no podría decir con exactitud cuantos. Los martillazos eran cada vez más espaciados aunque no menos intensos. Algo sólido detuvo mi andar, cual si estuviera anticipándome que hasta allí llegaría mi avance. Las palmas de mis manos recorrieron aquella estructura rugosa, arribando mi razonamiento unos segundos después a la respuesta más lógica: se trataba de una  pared, de una habitación rectangular, para ser más preciso. Había una puerta también. Claro que al tratar de abrirla advertí que no tenía picaporte. Sin embargo, no era aquello lo más extraño. Más bien, mi pasividad, mi desgano, la falta de reacción de mis músculos.
Fue en ese momento que barajé como probable el hecho de estar bajo los efectos de alguna droga. La pregunta era en ese caso cuándo había ingerido dicha sustancia. Apelé a mi memoria, esperando encontrar en ella alguna explicación sensata. Mis recuerdos continuaban difusos, y aunque comenzaban a aclararse lentamente no cobraban la forma indispensable para hacerse inteligibles ante mí. Un sueño profundo iba filtrándose en mi cuerpo, de manera sigilosa, casi imperceptible. No podía darme el lujo de perecer ante aquel intruso, debiendo averiguar primero al menos algo de lo que ocurría.

Escuché unas voces del otro lado de la puerta, corrí para colocar mí oído sobre ella, aunque ya era tarde; otra vez el silencio más absoluto se adueñaba del lugar. A pesar de no saber donde estaba, tampoco cómo había llegado allí, ni siquiera por qué me encontraba encerrado entre esas paredes con olor a humedad, me sentía un tanto más aliviado al descubrir que mi presencia no era la única en ese sitio. Tal vez porque toda mi vida me ha perseguido la misma pesadilla: yo, prisionero en una pieza sin luz, sin más compañía que mis pensamientos y mi conciencia.
Lo más absurdo era que no sintiese terror, al menos una pizca de él indicándome que estaba vivo. Mi boca seca, mi estómago crujiendo del hambre, y ese cansancio incontrolable que no me permitía pensar con claridad.

Acomodaba los fragmentos de recuerdos que mi memoria no se había dispuesto a eliminar, con tanta dedicación como si estuviese armando un rompecabezas de infinitas piezas. Algunas de ellas encajaban, se unían entre si, entonces me veía saliendo de mi casa, dirigiéndome a aquel bar de mala muerte, ya casi llegando, faltaban solo unas cuadras. Me detenía a comprar unos cigarrillos, seguía camino, estaba a una cuadra del bar ahora, se abrió violentamente la puerta.

Instintivamente retrocedí y me ubiqué en una de las esquinas de la habitación, aguardando con respiración leve, con los pulsos del corazón disparados. La puerta entreabierta permitía el ingreso de unos pocos rayos de luz, suficientes para distinguir la cara de aquel sujeto. Y desde aquel momento en que pude reconocer su cara, los sucesos se fueron  tornando más cristalinos, más cercanos a mi entendimiento. Porque podía recuperar pedazos de mi pasado reciente, pasado que lo tenía como partícipe a ese hombre, justo en la esquina del bar, disparando aquel revólver, alojando sus balas en la cabeza de aquella mujer.
El sujeto me observaba fijamente, desprendiendo de su mirada un brillo intimidante para cualquiera. Yo me retorcía para sostener aquellos ojos, mas era en vano; los míos se llenaban rápidamente de lágrimas, pestañeaba con resignación y bajaba la vista. Luego de unos segundos, la puerta volvía a cerrarse y todo retornaba a esa extraña normalidad interrumpida por aquel hombre.

Las piezas del rompecabezas debían ser colocadas con cuidado, de modo tal que no se pasara por alto algún detalle que pudiera resultar crucial para mi supervivencia. Y el desafío de resolver aquel enigma despabilaba mi espíritu, no obstante el cansancio se mantenía alrededor mío como una sombra.
La cara de aquel hombre estaba de nuevo conmigo, no ya en ese cuarto, pero si en mi mente. Revisaba su pelo, sus cejas, su desprolija barba. Yo quedaba paralizado ante aquella situación. Mis piernas no respondían. Quería correr hacia el bar, comenzaba a hacerlo aunque no alcanzaba mi cometido final, porque un auto se subía a la vereda impidiéndome el paso, y si bien intentaba escaparme en la dirección contraria, el sujeto de barba me interceptaba, empujándome dentro del vehículo.

Me quedé dormido y, al despertar había perdido la noción del tiempo. En realidad, desde el primer instante en que encontré mi cuerpo dentro de esa cárcel simétrica, el tiempo se había diluido de manera misteriosa. No sabía en que día vivía, mucho menos si era de día o de noche. Tampoco si mi sueño había durado largas horas, quizás días o tan solo algunos minutos, quizás segundos. Definitivamente el hambre y la sed se habían convertido en un obstáculo imprescindible de sortear.
Para mi sorpresa, a la altura de mis pies una botella de agua y un paquete de galletitas. Si bien tardé en reconocer aquellos víveres (la oscuridad del lugar seguía siendo absoluta), el azar decidió que tropezara con ellos al quererme levantar del piso. Comí y tragué con desesperación, casi sin masticar, restándole importancia al gusto de aquellas galletas. Después recogí el agua y bebí un sorbo interminable, y al tiempo que realizaba estas acciones mi boca y mi estómago enteros parecían reanimarse, llenarse de vida.

Esa resurrección de mi cuerpo parecía haber oxigenado mi memoria, porque allí estaba otra vez el auto criminal, su puerta trasera, abriéndose desde dentro para que yo fuera metido a los golpes, cerrándose bruscamente para ser recibido por esos hombres con cara de pocos amigos. Un culatazo en la cabeza me daba la bienvenida, reduciendo mi lucidez a la nada misma.

La estadía en esa habitación debía ser utilizada para descubrir la manera de escapar de allí. Cierto era que si aquellos sujetos me habían encerrado en aquel lugar, tarde o temprano acabarían matándome. Porque, como había leído en las novelas policiales que devoraba de niño, ningún cabo podía quedar suelto. Y la prolongación de mi vida no era otra cosa más que un cabo suelto. Pero, ¿cuál era la razón por la que no me habían liquidado aún? ¿Acaso estarían deliberando quién sería el encargado de realizar el trámite en cuestión? No eran de mi incumbencia aquellas respuestas. Solo focalizándome en el plan de fuga lograría salir vivo de ese cuarto.

Unas pequeñas gotas de claridad se colaban por alguna hendija de la puerta, y aunque resultaban demasiado débiles para iluminar el lugar, bastaba para que yo reconociera ciertos detalles vedados hasta el momento. Por ejemplo, la claraboya ubicada en un rincón del techo, tapada con unas cintas de modo que no se filtrara la luz; o esos ladrillos colocados unos encima de otros formando esas cuatro paredes dentro de las que me encontraba preso.
Desde aquel preciso instante, la idea fue conformándose en mi cabeza; una vez decidido el plan, la puesta en práctica del mismo se daría automáticamente.

Pensé entonces en trepar por una de las esquinas, apoyando la punta de mi calzado en los huecos escondidos entre ladrillo y ladrillo. Subiría lentamente hasta llegar al techo, deslizándome luego hacia la ubicación de la claraboya. Una vez frente a ella, quitaría aquellas cintas y con una de mis zapatillas rompería el vidrio mediante un golpe seco y certero. Correría por el tejado buscando la manera de bajar hasta la calle.

La vereda me recibió a los tropezones, más con esa mueca de felicidad en los labios a causa de mi recuperada libertad. Mis piernas volaban de la adrenalina, se desesperaban por no chocarse, por no trastabillar tontamente. Un taxi pasaba por al lado mío y yo palpaba mis bolsillos ilusamente, ya que solo un poco de sentido común era suficiente para saber que aquellos sujetos se habían apoderado de mis pertenencias, incluyendo dentro de ellas mi billetera. Conservaba unas monedas, sin embargo, en la parte trasera de mi pantalón, y esos metales circulares que en otra circunstancia hubiesen sido despreciados por su escaso valor, representaban aquel día, a aquella hora, mi pasaporte a la vida.

Me detenía en la primera parada de colectivo que alcanzaba a distinguir mi vista y como si el destino me guiñara un ojo, hacía su aparición un 122, con ese humo maravilloso expulsado del caño de escape, con esa gente amigable amontonada dentro de él. Tomado del pasamano, decidí poner en blanco mi mente, anular todo intento de pensamiento que pudiese alterar mi paz interior. No sabía donde me encontraba, tampoco donde me dirigía; apenas importaba ahora ello.

La puerta abriéndose de repente hizo que volviera en si. Los rayos de luz acumulándose en mi cara, yo cubriéndome los ojos con las manos, alzando la vista luego, los oficiales recorriendo con sus linternas la habitación. Preguntándome si me encontraba bien, yo respondiendo que si con la cabeza, advirtiéndoles que tuviesen cuidado, que los malos podrían presentarse en cualquier momento.
Los policías me hicieron un gesto que no logré entender del todo, quizás no quise, no se, más era como si me dijeran sin palabras que esos hombres de los que yo hablaba nunca habían existido. Me acompañaron hasta el patrullero, mientras me explicaban que un vecino los había llamado luego de escuchar algunos gritos durante las últimas horas. Y era lógico que se preocupara; la casa había estado abandonada desde hacía unos años atrás. Les di a los oficiales mi nombre y apellido, y al segundo me quedé dormido en la parte trasera del automóvil.