17 de febrero de 2011

                                                                                    1                                                        
                                                      
Cuando el mundo lo mira siente cierta repulsión interior, inseguridades que me frenan, me amarran, retienen, sus pasos a seguir examinados, con lupa ejemplar, extrema, que todo lo ve y todo lo juzga, mis pasos en falso criticados (con la feroz vara del que no hace ni deja hacer), y un presente deambulando entre un pasado inmodificable, definitivamente clausurado, y un futuro ininteligible, que no asoma la cara.

A veces ese mismo mundo me escruta con el rabillo del ojo, apenas con el rabillo, aunque solo eso baste para que su andar caiga preso frente a esa vigilancia eterna, vigilancia del afuera que se empeña en ingresar en los más profundos rincones de seres indefensos, minúsculos, avasallados. Sus ojos no permanecen inocentes, se unen, se fusionan, se amalgaman con otros ojos; y es ese Gran Ojo entonces, resultado absoluto de aquellas combinaciones, que persigue a quien quiere a donde sea que vaya, aún en el caso de que decida ir a ningún lugar.

Sus cavilaciones se deshilachan poco a poco, pierden fuerza, atrapadas en encrucijadas sin escapatoria, en dilemas paralizantes. La frenada del colectivo devolviéndolo al mundo real, toca el timbre y se pierde en las calles de la ciudad.

Camino sin prisa, sin rumbo definido, tratando de localizar un lugarcito donde el aire huela un tanto más a aire y no a aquello a lo que se ha acostumbrado a oler. Y si tal asunto lo destina a la categoría de tipo exigente, ¿qué?

Hojeo libros, comparo precios, eso si lo entretiene, puedo pasar horas compenetrado en títulos, prólogos, novedades, clásicos, en fin, se decide por un tomo de cuentos para luego continuar con su rutina. Antes, compro un cuaderno en blanco que viene a reemplazar a otro exactamente igual salvo por estar escrito hasta en los márgenes. Esa mañana sus pensamientos han pedido ser depositados en algún sitio, y el cuaderno de tapas verdes, una vez más convirtiéndose en mi aliado, prestándole sus hojas para oxigenar de momento su cerebro.

Llego a mi casa ya caída la noche, la luna posada detrás de las ramas de un árbol, la cuadra más encendida que de costumbre, quizás una gota de esa luz entra en mi cuerpo y mi vida da un vuelco, quizás, si los astros se alinean.

La película arranca, él recostado en el sillón, quitando el corcho de la botella de vino, la primera copa vaciándose en su estómago, la segunda, la tercera, el timbre y su melodía lo hipnotizan durante unos segundos.

Releo la nota, pienso, barajo posibilidades, trato de descifrar algún mensaje oculto, abandono el intento, regreso al living, observo la letra, doblo el papel, lo coloco sobre la mesa, al lado del control remoto, vuelvo a este último, a la pantalla, a la escena del tren, me imagino allí, alejándome de la ciudad, de ella, de todos.

La pregunta aparecida en el papel es simple en apariencia, no porque la interrogación: ¿SOS FELIZ?, así, en letras mayúsculas, sea realmente banal, todo lo contrario, más bien porque admite acaso solo dos contestaciones posibles: si, soy feliz; no, no lo soy; tal vez una tercera, en la que la duda gana terreno, y en ese caso: no lo se, o nunca me formulé tal cuestión, parecería suficiente. Aunque si bien esas palabras colocadas entre aquellos signos reúnen una complejidad infinita, aún resulta mayor hazaña decidirse por una de las respuestas clasificadas anteriormente.

Imagina entonces la siguiente situación: camina por la calle cuando un hombre frena su paso y le arroja en la cara, sin anestesia, la misma pregunta de la nota. Entre aturdido y descolocado, atino a pronunciar un ¿perdón? pero al instante reacciono y devuelvo la pelota del otro lado del campo con un si, ¿por? El hecho no concluye allí, el hombre cruza la calle, como si no hubiese existido diálogo alguno, y él, envalentonado por la huida de su contrincante grita de vereda a vereda: ¿a usted que carajo le importa mi felicidad?, si le digo que soy un pobre diablo, ¿va a solucionar mis problemas?

Se sirve otra copa de vino mientras saborea el gusto del triunfo, efímero, escurridizo, ya que al terminar de llenarla la victoria se transforma en derrota, acechado por sus demonios interiores. Tomo ahora el cuaderno-anotador y escribo a modo de título “LOS DEMONIOS INTERIORES Y YO”, cerrándolo luego para reconcentrarse en el análisis previo.

Sus pensamientos tienden a ser así: desordenados, en superficie inconexos, ligados por pasillos laberínticos, por vasos comunicantes apenas visibles. Vuelvo a la cuestión verdadera, a la respuesta: NO, NO SOY FELIZ, en mayúsculas también, sentencia que ha intentado ser sorteada, gambeteada, afirmación que se repite semana a semana, mes a mes, año tras año, y nada, las horas pasan y la angustia cada vez es mayor, la angustia, el vacío, la certeza de su inutilidad, sobre todo esto último. Es como si alguien hubiese estado espiando mi vida, cada momento, sus miserias, sus debilidades, mis fobias, mis obsesiones, concluyendo lo mismo que él: EXISTENCIA SIN SENTIDO. Por ello es posible que esas tres palabras sean una definición perfecta de su vida; ¡que sentimiento de impotencia me surge al reconocer que mi vida puede ser expresada en tres palabras!, o quizás en otras tres: SOY UNA MIERDA (¿qué necesidad hay de escarbar en las entrañas de un pobre tipo, de revolver en los sinsabores de una vida insípida? Que él se repita aquella pregunta, condenándose a profundidades subterráneas, vaya y pase, pero que no respeten mi derecho a la intimidad, su derecho (aunque le cueste aceptarlo) a ser un infeliz…).



                                                                                    2

¿Te consuela creer que el mundo conspira en tu contra?; ¿te hace sentir más liviano, te quita peso de encima?, te convierte en víctima, ¿disfrutas de es papel, no? Lo que no llegas a comprender es que se ingresa a ese lugar casi sin percatarse uno de haber cruzado la raya, mas salir implica otro tipo de esfuerzo. Acaso no estás preparado para ese desafío, acaso nunca lo estés, tal vez tu vida no sea más que eso, refugiarse en universos vacíos, insulsos, leves. Tu voz repitiendo siempre las mismas historias, ya te cansaste de esa misma voz, lo se, aunque (hastiado hasta la manija) seguís ocupando el mismo rincón, porque cansarse y seguir con el verso es lo mismo que nada, o peor, es como un río que te arrastra a la desesperación. Te volviste un tipo huraño, escapás de la gente, inventás enemigos que apenas registran tu existencia, ¡frená con tanto rollo!, tenés el foco roto, mandalo a arreglar, carajo. Salí de esa cueva intrascendente, fumigá esos bichos que merodean en tu sopa, equilibrá energías y a rodar, que la muerte pide la cuenta fuera de horario. Me das pena viejo, no se que hacer para que te levantes y andes, si tuviese ese poder, no, no esperes ayudas extraordinarias, no esquives el bulto, me exaspera tu pasividad, tu desgano, hasta los que te rodean maldicen el día en que se cruzaron en tu camino.

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