11 de febrero de 2011

Los invisibles

La historia que vengo a contar no puede ser atribuida a mi estrecha imaginación, aunque probablemente sea atinado buscar su origen en las profundidades de una mente inquieta, mejor dicho, comprometida. De nada sirve anticipar que el hombre en cuestión, Don Roberto Pombo, va a terminar encerrado para siempre; sin embargo, mi capricho y la conciencia de que ahora soy yo quien se encarga de presentar los hechos, me permite administrar con arbitrariedad el orden de los mismos.

Podría empezar diciendo que el señor Pombo no tenía esposa, hijos, ni nada que se pudiera parecer a una familia. No tenía fortuna, ni fama; su vida transcurría como si todos los días fueran meras repeticiones de los anteriores. Es acaso aquí mismo cuando el lector, casi bostezando y con una mueca de fastidio en su cara, decide arrojar estas líneas a la basura o simplemente devolverlas a alguna biblioteca de mala muerte; mas, si continuase hurgando dentro del relato, descubrirá que esa existencia monótona, desteñida, se verá alterada por un suceso extraño, de esos que suelen marcar los destinos personales.

Corría el invierno de aquel año (no se sabe exactamente la fecha, algunos hablan de 18…, otros de 18…), teniendo Pombo cuarenta y cinco años de edad. Cuentan que una mañana de frío que congelaba huesos y articulaciones, el personaje en cuestión salió de su casa, ubicada en los suburbios de la ciudad, y montando a caballo comenzó a recorrer cada rincón del pueblo. Visitaba cada estancia, intercambiaba parlamentos con los peones; eso si, nada de conversar con los propietarios de las tierras. De a poco fue dejando atrás amplias extensiones de campos, caminos interminables, rutas semi desiertas. Cierto es que días enteros fueron destinados a semejantes trayectos. Según algunos testimonios, prácticamente no dormía, y en aquella ocasión dedicada al descanso, el caballo continuaba galopando con su dueño a cuestas, como si este le hubiese indicado de antemano el plan a ejecutar.

Salteando una serie de detalles insignificantes que decoran de manera empalagosa las andanzas de Pombo, cabe decir que a lo largo de dos meses de idas y venidas, de diálogos amistosos con mates de por medio, de horas consumidas bajo un viento crudo, desafiante, fue gestándose algo impensado poco tiempo atrás. Los peones del pueblo, aglutinados bajo la figura de Roberto Pombo, habían acordado terminar con años de injusticia y, como todo levantamiento popular necesita de una consigna fuerte para triunfar, “Con libertad no ofendo ni temo” resultó ser el grito emancipador de los campesinos.

Desde aquel día en que había marchado de su vivienda, Pombo perseguía un solo objetivo: convertirse en un bandido social. Y aquello no guardaba relación con el prestigio que pudiese otorgar tal mote, sino, fundamentalmente, con el bienestar de su gente. Es aquí donde la historia parece tornarse un tanto confusa, teniendo en cuenta la vida que llevaba Pombo antes de erigirse en líder de pueblo.

Repasemos a grandes rasgos el tema: Pombo nace en una familia acomodada; su madre ha heredado grandes hectáreas de tierra de su abuelo; su padre se encarga de la administración de los bienes familiares; los peones y las sirvientas hacen el resto. A sus veinticinco años su madre fallece de una enfermedad misteriosa; dos años más tarde su padre sufre un paro cardíaco; con 27 años Pombo (hijo único) está solo en el mundo con la responsabilidad de controlar la marcha de la hacienda. En un rapto de cólera o, más bien, de indiferencia, vende sus campos a precios regalados, quedándose solamente con una pequeña parcela que va a significar su único sustento en los años venideros.

Un lector apresurado aplaudiría la conducta de Pombo, quien al vender sus tierras seguramente cambia dolores de cabeza, disgustos y ese tipo de cosas, por un futuro sin grandes contratiempos, sin demasiados sobresaltos, feliz, diría. La verdad es la siguiente: Pombo se embarca en una vida de alcohol, juego y mujeres; permanece en la ciudad más tiempo que en su propia casa, y en aquellas relampagueantes vueltas a su lugar de origen, se encierra en su choza (es el nombre que se ajusta con mayor naturalidad al deterioro de su hogar). Así transcurren sus días hasta que una noche un acontecimiento singular (cuya comprensión está fuera del alcance de mentes escépticas o científicas) parece producirse en su hogar.

Pombo, recostado sobre unos papeles de diario, borracho y dormitando con la boca abierta; una fuerza casi sobrenatural que lo rodea, lo hace poner de pie, lo rescata de ese estado; y aquel gaucho del que Pombo oía hablar cuando niño, ese mismo que era llamado el padre de los pobres, ese mismo que había puesto su pellejo en la defensa de su patria, allí a su lado, con el poncho intacto y la barba floreciente, encargándole una misión, cediéndole la posta. No se conocen con exactitud las palabras del caudillo salteño; lo que si puede suponerse es que fueron lo suficientemente efectivas como para despertar a Pombo y su conciencia, colocándolos al frente de una cruzada plebeya.

Pombo organiza a su gente, siendo el reclamo principal del grupo una distribución más equitativa de las tierras. Los terratenientes de la zona, observando con recelo las actividades desarrolladas por el incipiente jefe, convocan de urgencia a una reunión a la que asisten los hombres más influyentes del lugar. Lo grandioso es que el movimiento popular formado, esencialmente, por gauchos, mulatos e indios, comienza a romper las barreras geográficas, conteniendo en su seno a diferentes pueblos situados en los márgenes de la ciudad. Pero más extraordinario aún resulta el hecho de que todos, sin excepción alguna, reconocen el liderazgo de Roberto Pombo, su representación y su carisma. Y aunque nadie duda de la legitimidad de sus reivindicaciones (al menos entre las clases humildes, claro está), la persona de Pombo necesita ser enterrada en vida. Porque a partir del momento en que decide defender los intereses de los menos aventajados, su sentencia es ineludible. Y la historia, simple fábula consensuada, aparece otra vez como patrimonio exclusivo de aquellos que son los dueños de todo lo demás.

El relato comienza a desandar entonces el desenlace anticipado en un principio. Los miembros del gobierno de la ciudad intentan sobornar a Pombo, prometiéndole garantías, empleos y cuanto quisiere, a cambio de que él y sus seguidores abandonasen sus insolentes reclamos. Pero Pombo no puede defraudar a su gente, por lo tanto, las cartas del mazo ya han sido repartidas.
Mientras el líder y los suyos inician una larga marcha en la cual ocupan tierras pertenecientes a sus patrones, estos delinean la manera de sacarse de encima a aquel personaje molesto. Porque cortando la cabeza de la hidra, todo debía retornar a la normalidad.

Los terratenientes le hacen llegar a Pombo lo decidido en las últimas horas: ellos accederán a ceder algunas de sus posesiones, siempre y cuando aquel se presentara a negociar los términos del arreglo. Don Roberto, al enterarse de las novedades, toma su caballo y se dirige hacia la ciudad. Antes de esto discute apasionadamente con un tal Don Manuel, (colaborador incondicional de Pombo), pues resuelve ir al encuentro de aquello hombres sin escolta alguna (a pesar de las advertencias de su ladero).

Alrededor de una mesa rectangular, Pombo dialoga con sus enemigos. Escucha con atención, habla lo necesario, con pausas entre frase y frase; se reclina en el asiento, relojea sus caras, las examina. Sabe que lo desprecian, que aborrecen a los tipos como él; y lo odian por una simple razón: por ser la voz de esa masa ignorante, por darles alas, por hacerlos sentir con derecho a un poco de dignidad. Y aunque conoce sus pensamientos, Pombo incurre en un grave error: cree que no se atreverán a borrarlo del mapa. Definitivamente, no acierta en sus cálculos. Definitivamente, aquellos hombres (distinguidos, bien trajeados, iluminados), se encargarán de encerrarlo, de ultrajarlo, de humillarlo. Y lo que es peor aún, ni siquiera tendrán las agallas para liquidarlo; ya que los años pasarán y Pombo seguirá preso dentro de esa pequeña celda, solo saliendo de ella el día de su muerte. Pero la historia divulgada por las autoridades de la ciudad es otra: Pombo, luego de entrar en razones, decide viajar al extranjero, dejando una carta a sus seguidores en donde les indica que es preferible, por el momento, pacificar la situación. Y es así como, una vez más, las reivindicaciones de los más postergados quedan de lado, disponiendo los poderosos de las herramientas para imponer sus verdades, manipulando la realidad.

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