María se ubica en una de las esquinas del bar, acomoda sus pertenencias en el lomo de una silla, saca unos papeles de su bolso, el mozo enseguida se acerca, le alcanza la carta, ella no la mira siquiera, la devuelve al instante, pide un agua mineral y se encierra en el baño.
Juan entra al bar como todos los días, arrastrando las zapatillas que de tanto patear casi no tienen suela. El encargado lo conoce, lo deja pasar, carga en su mano derecha las tarjetas de la buena fortuna, pide una contribución a cambio de ellas, es la última parada del día seguramente, las distribuye mesa por mesa.
Se enjuaga la cara casi de manera automática, la mente ida, se seca con lo que encuentra a su alcance, regresa a su silla un tanto más despejada. Un agua mineral y una tarjeta de la buena fortuna aguardan en compañía. Mientras bebe un sorbo advierte a través de una mirada fugaz la presencia de la tarjeta. La recoge, lee su contenido, siempre le han resultado un tanto cursi aquellas cosas.
Juan retira a paso cansino “sus propiedades” (que en absoluto son suyas, por cierto). Resignado, acostumbrado a la indiferencia de Los Otros, a pasar desapercibido, baja la cabeza, sin prestar atención a la cantidad de monedas entregadas por aquellos que han decidido destinar algunos centavos a cambio de la tarjeta de la suerte. Un hombre le da un billete de dos pesos pero le devuelve el cartón.
María ve salir al chico de remera roja, su tarde teñida de incomodidad, al menos durante algunos minutos. Alrededor todo permanece igual. Superficialmente inmutable. Se siente interpelada. No es la primera vez que le ocurre algo semejante. Últimamente, con mayor asiduidad (las limosnas no sirven para exculpar a su conciencia).
La calle la recibe con el olor a lluvia agazapado. Una cuadra de caminata y las primeras gotas (sumadas a ese cielo encapotado) preanuncian una noche de tormenta. Llegando a la esquina, dobla a la izquierda buscando detener algún taxi. Finalmente lo consigue varios metros después, sobre una avenida. Ingresa empapada; alguien ha corrido la rejilla sobre la cual las nubes descansaban y el agua cae de a baldes desde el cielo.
-¿Hasta dónde la llevo señorita?, el taxista la mira por el espejo, levantando ampulosamente las cejas.
- Alsina y Piedras, por favor.
El sonido de la radio se confunde con el de las bocinas, las frenadas abruptas de vehículos, el bullicio de la ciudad. Buenos Aires es un caos, piensa María aunque no lo dice. El taxista, como si adivinara sus pensamientos, pronuncia en voz alta lo que María elaboró un segundo atrás, puntapié inicial para escupir una serie de sentencias que no hacen otra cosa más que desnudarlo. El conductor del programa radial habla del tiempo. Pareciera que el estado del clima y el del país estuviesen unidos por un extraño hilo. Nada bueno puede pasar; el país y el clima transitan el mismo derrotero: sombras y tormenta en el camino. Para colmo, el taxista dispara:
_Es un país bananero, ¿que se le va hacer?, María ruega para sus adentros que el vehículo vuele (si es posible) para llegar cuanto antes a Piedras, en simultáneo deambula en un terreno semi hipnótico dónde la voz del conductor radial y la del taxista se han transformando en algo compacto, homogéneo, único, ¿quién habla?, se le parte la cabeza, _acá tienen que volver los milicos, vamos a ver quién se hace el loco, a ver si estos negros de mierda siguen haciendo lo que se les canta remata el taxista, si, es el taxista ahora, acentuando mediante sus cuerdas vocales la palabra negros, las venas del cuello hinchadas, cual si fuesen a reventar.
_Es un país bananero, ¿que se le va hacer?, María ruega para sus adentros que el vehículo vuele (si es posible) para llegar cuanto antes a Piedras, en simultáneo deambula en un terreno semi hipnótico dónde la voz del conductor radial y la del taxista se han transformando en algo compacto, homogéneo, único, ¿quién habla?, se le parte la cabeza, _acá tienen que volver los milicos, vamos a ver quién se hace el loco, a ver si estos negros de mierda siguen haciendo lo que se les canta remata el taxista, si, es el taxista ahora, acentuando mediante sus cuerdas vocales la palabra negros, las venas del cuello hinchadas, cual si fuesen a reventar.
_ Me bajo acá señor, balbucea María mientras manotea la manija de la puerta.
_ Pero no llegamos todavía señorita. Faltan todavía unas… No le permite continuar, arrojándole la plata del viaje en el asiento delantero, uno de sus pies sobre el cemento.
Su cuerpo helado cubierto de ropa mojada cruzando el umbral del edificio. Una vez en su departamento, cambia de vestimenta, seca su pelo y se recuesta de costado en la cama. Se duerme. El taxista aumenta la velocidad del Chevrolet, cambia de carril de un volantazo para luego clavar los frenos en la esquina, en el exacto segundo en que la luz amarilla del semáforo se convierte en roja. El pasajero pliega apenas su saco, colocándolo encima del maletín negro.
El chofer, Mario Rodríguez dice en el registro de conducir que cuelga de uno de los cabezales del auto, baja el volumen de la radio, intentando captar la atención de su cliente.
-Está insoportable el día.
_Si, responde (transcurridos unos segundos) el hombre en la parte trasera del taxi, sin desatender a su celular, aunque si al conductor.
Mario Rodríguez parece no acusar recibo de la indiferencia mostrada por el pasajero.
_ ¿Mucho trabajo señor?
_ ¿Perdón?
_ Le preguntaba si hay mucho trabajo.
_ Bastante.
_ Es así nomás. Uno se rompe el lomo trabajando pero en este país no hay caso. No digo que no haya gente como usted, como yo, que haga bien las cosas, que trate de progresar; el taxista toma aire como si su indignación le oprimiera los pulmones. Mire esas lacras. Señala con la cabeza a dos chicos pidiendo monedas en el semáforo. ¿Con esta basura queremos tener un país en serio? Un chico de remera roja se acerca (arrastrando las zapatillas) a la ventanilla del taxista. Una mirada de odio basta para que siga su ruta.
Real, es poco. Con gente como el taxista pretendemos tener un país en serio..
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